desamor

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Desdibujándote

No eres tú, soy yo. Es mi maldita costumbre de apostarlo todo a causas perdidas, de abrazar sueños, de construir castillos en el puto aire, de empecinarme en querer las cosas cuando están fuera de mi alcance, de armarme de valor para saltar cuando ya no vale la pena, de apreciar la belleza cuando está desdibujándose.

Me ha pasado tantas veces ya… conservé las cartas tan pegadas a mi pecho, que dejé pasar mi turno en la jugada.

Siempre me dejo llevar, por eso raras veces llego adonde quiero.

Lo que quisiera decir, lo que estoy intentando decir es que esta soy yo, tratando de hacer que te quedes.

Probablemente en vano.

Tarde.

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Hablemos del olvido y otros mitos urbanos

Olvidar.

Esa utopía.

Esa tarea fastidiosa de espantar recuerdos. Evitar lugares, personas, canciones… como si fuesen un conjuro para invocar fantasmas. Lo terrible de intentar olvidar es que cuanto más te esfuerces, menos lo consigues. Lo peor de aprender a olvidar es que te das cuenta que no existen manuales ni métodos para hacerlo. Es reconocer que no siempre un clavo saca otro clavo. Que es verdad que el tiempo sana todas las heridas, pero nadie sabe cuánto tiempo es el necesario. Y algunas veces suele ser mucho, mucho tiempo. Olvidar es aceptar que el otro está feliz y tú estás jodido. Es despertarte y encontrar que ese sueño tan sólo fue un sueño, y la realidad te sigue sacando la lengua.

Olvidar es entender que todas esas canciones de dame otro tequila y estoy mejor sin ti son el real disparate. Que Adele la pasó bien feo y es la única cantante que de verdad te entiende. Es conocer la fuerza liberadora que encierra la frase «¡vete a la mierda!» (a menos que el mandado a la mierda sea uno).

Olvidar es aceptar que no eres intocable, que no te las sabes todas, que no eres tan diferente del más blandengue de tu barrio. Y ¿aquello que jurabas que ya estaba resuelto? Tendrás que resolverlo otra vez. Y otra vez. Y quizás otra vez más. Porque olvidar es darse cuenta de que el perdón necesita renovación de contrato. Que por más cristiano que uno sea, no le llega ni a los talones a Jesucristo. Que si te la jurungas mucho, segurito que te vuelve a sangrar la herida.

Olvidar se resume a asimilar que existen personas, situaciones y pequeñas alegrías que sólo llegan para transformarte en quien debes ser. No llegan para quedarse, sino para que aprendas a dejarlas ir. Olvidar es entender que algunas cosas son inexplicables, y si logras explicarlas resultan incomprensibles.

Lo bueno de olvidar es que sólo tienes que continuar con tu vida, y eventualmente lo que no quieres recordar se desvanece. Él o ella se desvanece. Todo termina desvaneciéndose.

Lo mejor de olvidar es que cuando al fin lo consigues, te sientes invencible. Lo peor de olvidar es que cuando al fin crees que lo consigues, el otro te dice que todavía te ama.

Y, vaya mierda, entiendes que nunca olvidaste nada.

Entonces vuelves a olvidar.

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Que nos desvanezca el olvido

Que pase el tiempo, que pase el tiempo por encima nuestro y nos aplaste. Que nos desvanezca el olvido. Que tu lengua desaprenda a pronunciar mi nombre. Que no me recuerdes. Que te lleven consigo los días a ese lugar del cual nunca regresan. Que olvidemos las coordenadas exactas en las que se cruzaron nuestros caminos. Que tu imagen pierda significado en mis visiones. Que no existamos ni tú ni yo. Que no existamos.