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Nómada

“When I am with you, there is nowhere else I’d rather be.
And I am a person who always wants to be somewhere else.”

 

Sin importar qué tan feliz me encuentre, conservo la certeza de que lo mejor todavía está por llegar. Para mí, el pasto siempre es más verde al otro lado y el paraíso está constantemente a un paso de distancia, eternamente deslizándose bajo las yemas de mis dedos. Entonces permanezco en movimiento, sin descanso, intentando acercarme a algún lado por el placer de alejarme de donde estoy.

No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en un sitio del cual no quisiera irme. Deseo ir a todas partes, sin quedarme en ninguna. Me encantaría encontrar un lugar al que pueda llamar mio, pero cuando me hablan de quedarme para siempre, la palabra “siempre” se me hace tan inmensa que siento que no cabemos las dos.

Entonces emprendo la huida, y de tanto buscar me olvidé de lo que busco, y me pregunto cuántas malditas veces tendré que perderme para poder, finalmente, encontrarme. Me temo que esta enfermedad no tiene cura: dicen que quien no es feliz en donde está, no podrá ser feliz adonde vaya ¿Qué tal si a lo mejor sucede que no pertenezco a ningún lado?

(¿Sabes? Una vez pensé haber encontrado mi hogar en su mirada… pero me aterrorizó la idea de dejar de existir cuando él cerrara los ojos. No puedes convertir a una persona en tu casa, me dije hasta creérmelo.)

Se me hace difícil evitar cuestionarme si acaso estas alas con las que me creo tan libre están realmente atándome al cielo.

Sé que suena triste, pero no lo es.

Tan solo a veces.

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Desdibujándote

No eres tú, soy yo. Es mi maldita costumbre de apostarlo todo a causas perdidas, de abrazar sueños, de construir castillos en el puto aire, de empecinarme en querer las cosas cuando están fuera de mi alcance, de armarme de valor para saltar cuando ya no vale la pena, de apreciar la belleza cuando está desdibujándose.

Me ha pasado tantas veces ya… conservé las cartas tan pegadas a mi pecho, que dejé pasar mi turno en la jugada.

Siempre me dejo llevar, por eso raras veces llego adonde quiero.

Lo que quisiera decir, lo que estoy intentando decir es que esta soy yo, tratando de hacer que te quedes.

Probablemente en vano.

Tarde.

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Vaivén

Creo en la magia del primer día del año. Me gusta respirar el mismo aire de siempre, pero sentirlo distinto.

El mundo sigue igual, sin embargo, la luz bajo cual lo miro cambia y lo transmuta. Me entusiasma ver el futuro a los ojos, no tener miedo. Saber que esto es un vaivén, que todo empieza, todo acaba, todo nos suelta y nos deja seguir.

Adoro la idea de recomenzar,
de engavetar el pasado y dejar que se lo coman las polillas.

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De mi primer amor y otros disgustos

“The minute I heard my first love story,
I started looking for you,
not knowing how blind that was.
Lovers don’t finally meet somewhere.
They’re in each other all along.”
   

Cuando estaba en el maternal odiaba que mis padres tardaran para irme a buscar a la salida, que los gansos no me dejaran arrancarles plumas de la cola, que me pusieran guineo de merienda o se me botara el jugo en la lonchera. Odiaba el día de carnaval, que no me dejaran tomar clases en el mismo curso de mi hermano y que se me entrara arena en los zapatos.

Amaba que me dieran zanahorias para darle a los conejos en recreo, me gustaban los recreos, que los adornos del cabello me combinaran con el color del uniforme, compartir mesa con Andrés y Leo. Amaba las clases de arte, comer crayola o masilla, que me pegaran una calcomanía en la frente indicando que me había portado bien y que la profesora nos leyera un cuento.

También amaba a Guillermo.
Y siempre quise darle un beso, pero nunca más lo he vuelto a ver.

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Hablemos del olvido y otros mitos urbanos

Olvidar.

Esa utopía.

Esa tarea fastidiosa de espantar recuerdos. Evitar lugares, personas, canciones… como si fuesen un conjuro para invocar fantasmas. Lo terrible de intentar olvidar es que cuanto más te esfuerces, menos lo consigues. Lo peor de aprender a olvidar es que te das cuenta que no existen manuales ni métodos para hacerlo. Es reconocer que no siempre un clavo saca otro clavo. Que es verdad que el tiempo sana todas las heridas, pero nadie sabe cuánto tiempo es el necesario. Y algunas veces suele ser mucho, mucho tiempo. Olvidar es aceptar que el otro está feliz y tú estás jodido. Es despertarte y encontrar que ese sueño tan sólo fue un sueño, y la realidad te sigue sacando la lengua.

Olvidar es entender que todas esas canciones de dame otro tequila y estoy mejor sin ti son el real disparate. Que Adele la pasó bien feo y es la única cantante que de verdad te entiende. Es conocer la fuerza liberadora que encierra la frase “¡vete a la mierda!” (a menos que el mandado a la mierda sea uno).

Olvidar es aceptar que no eres intocable, que no te las sabes todas, que no eres tan diferente del más blandengue de tu barrio. Y ¿aquello que jurabas que ya estaba resuelto? Tendrás que resolverlo otra vez. Y otra vez. Y quizás otra vez más. Porque olvidar es darse cuenta de que el perdón necesita renovación de contrato. Que por más cristiano que uno sea, no le llega ni a los talones a Jesucristo. Que si te la jurungas mucho, segurito que te vuelve a sangrar la herida.

Olvidar se resume a asimilar que existen personas, situaciones y pequeñas alegrías que sólo llegan para transformarte en quien debes ser. No llegan para quedarse, sino para que aprendas a dejarlas ir. Olvidar es entender que algunas cosas son inexplicables, y si logras explicarlas resultan incomprensibles.

Lo bueno de olvidar es que sólo tienes que continuar con tu vida, y eventualmente lo que no quieres recordar se desvanece. Él o ella se desvanece. Todo termina desvaneciéndose.

Lo mejor de olvidar es que cuando al fin lo consigues, te sientes invencible. Lo peor de olvidar es que cuando al fin crees que lo consigues, el otro te dice que todavía te ama.

Y, vaya mierda, entiendes que nunca olvidaste nada.

Entonces vuelves a olvidar.