Creo en la literatura como muchos creen en Dios

Creo en la literatura como muchos creen en Dios. Creo que la palabra es hacedora de milagros, que en ella reposa un poder creador y destructor inmensurables. Creo en el rito de escribir, de dejarse seducir por las palabras perfectas, de escoger estremecer sobre vibrar; o hacer añicos sobre destrozar. Escribir no impide que la muerte nos disuelva los pasos, pero sí le prohíbe borrar nuestras huellas.

Creo en el éxtasis que provoca encontrarse en los textos de otros autores. Creo en la dulzura de saber que desde antes de Romeo y Julieta ya se había escrito sobre amor y soledad, que nuestros males son los mismos males desde que el hombre es hombre y posó sus pies sobre la Tierra. Sé que las letras son capaces de colocar a cualquiera frente a su propia alma porque hay palabras que son criaturas de luz, y hay otras endemoniadas… como también las hay dulces, transparentes, devastadoras, cargadas de magia.

Creo en el encanto de los libreros, suelo entrar a una librería como se entra a un lugar sagrado, con la voz queda y la cabeza gacha. Adoro el peso de un libro sobre mi pecho, cargar con un pequeño universo paralelo en el fondo de la cartera y perderme en él cada vez que la tristeza me muerde el cuello, la realidad me rasguña la espalda, o la nostalgia me sopla al oído.

Creo en el perfume que emana de los libros, en la estela que dibuja mi tacto cuando acaricio la portada, en el aleteo de sus páginas amarillas, en la danza de mis pupilas mientras llenan sus símbolos de significado. Igual sé que veintiséis letras y un puñado de signos no dan abasto para describir tantos abismos: el infinito que hay si abrimos los ojos, y el infinito que enfrentamos si los cerramos.

También creo que existe gente traslúcida que llega al mundo todavía más desnuda, completamente desarmada. Seres que emanan del vientre con el alma precipitándose por los ojos, sin llegar a ocupar del todo su lugar dentro del cuerpo. Tienes que creerme porque yo he nacido así, lo juro, con ese defecto de fábrica. Y cuando esta alma tiembla de frío, solo la abrigan las palabras.

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