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Lo que nunca dije
Intentando descifrar el universo un ensayo a la vez.

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Momentos en que todo fluye

Instructions for living a life:
Pay attention.
Be astonished.
Tell about it.

–Mary Oliver

Cuando salgo de casa (siempre tarde, siempre con mi impuntualidad entorpeciéndome los pasos) y enciendo mi carrito rojo para ir al trabajo, me cercioro de que buena música me acompañe en el trayecto. Y voy muy seria, a veces. Y otras veces ando cantando, aplaudiendo, bailando y montando todo un espectáculo en los semáforos.

También hay mañanas en las que se hace el silencio, en que permito que sean las voces de mi cabeza quienes me vayan narrando historias durante el camino. Entonces me estremece el mundo y lo dejo asentarse aquí en mi alma: le hago morisquetas a los niños por la ventanilla, saludo al señor que siempre está pidiendo limosna en la 27, le sonrío al guardia que casi a diario me dice que voy siempre tan linda y elegante, flaca; noto que el tiempo corre a la velocidad justa y los flamboyanes de Gazcue se encienden en amapolas.

Llegan días en que el corazón descansa, en que alguien me habla desde tempranito y se la pasa sacándome sonrisas hasta que se acuesta el sol, en que la ciudad de Santo Domingo me trata con tal clemencia que hasta los limpia vidrios entienden mi negativa y se abstienen de salpicarme el vidrio del carro con sus esponjas enchumbadas de agua sucia.

Hay momentos en que todo fluye, no jodas. En que confiar me sale tan barato, tan dulce…

Tan fácil.

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Bongó

Cuando eso tú y yo ni nos imaginábamos que existíamos. Y tú no soñabas con un bongó, soñabas otras cosas. Eran otros tiempos, la magia estaba condensada en el núcleo de la Tierra y no podías respirarla en cada bocanada como ahora, no se te había quedado adherida a la tráquea y los pulmones para acceder a ella dentro tuyo siempre que la necesites.

El latido de tu corazón sonaba fuerte, pero tus oídos aún no habían adquirido la agudeza para escuchar su música. La luna menguante parecía reírse de un chiste que nadie más podía entender y el mar se te enredaba entre los dedos de los pies sin conseguir hacerte cosquillas siquiera.

Aquello no era vida, era algo distinto. Una forma de estar, sin ser. Un modo de ocupar el espacio al borde del tiempo, la torpeza de plantar un pie delante del otro como quien cree que una veleta gobierna la dirección del viento. Era subsistir, no más.

Andábamos sin percatarnos de que éramos ciegos hasta el momento en que nos sostuvimos la mirada, hasta que entre tus ojos y los míos se elevó este puente. Entonces fue fácil comprender que nuestros caminos estaban entrelazados desde antes, mucho antes. Esta historia viene trenzándose desde otras vidas, desde la vez que éramos un par de abejas decantando miel sobre las lenguas o desde cuando éramos juglares tañendo la cítara y el laúd.

Pero nos miramos, y a partir de ese instante no pudimos dejar de escuchar la melodía. Dentro de nuestro pecho palpitaba un tambor. Danzábamos como poseídos por el ritmo de esos latidos y de pronto se nos hizo evidente que cuando la luna nos miraba, se reía de nosotros.

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Llegar a otra persona nunca es fácil

Quizás lo que decimos no sea tan importante porque el corazón siempre habla entre líneas. Probablemente nada sea casual y cada risa oculte un me alegra oírte, cada saludo un me haces falta, cada despedida un no te vayas.

Llegar a otra persona nunca es fácil: cargar tu equipaje (ese que siempre recordabas más liviano), calcular los espacios, adivinar en cuál de tantos putos rincones pueden hacerte sitio. Saber que ya has andado ese camino sin éxito alguno antes; descubrir que mientras más veces lo recorres, más corta se te hace la distancia… pero igual te cansa.

Probablemente todo sea casual. El amor, cuando arde, termina siempre hecho cenizas.

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El tiempo es el talón de Aquiles de todos los seres mortales

Inspeccionaba mi figura frente al espejo desde todos los ángulos posibles antes de decidir que me veía lo suficientemente decentica para salir al mundo. Fue justo mientras observaba ese vacío existencial que se forma en todos mis pantalones (el que intenta llenar sin éxito alguno mi pequeño traserito), cuando puedo jurar que te escuché preguntarme, con la misma jocosidad de siempre: «¿Falta nalga o sobra tela?»

Y te dediqué una sonrisa, aunque supiera que no estabas ahí. Aunque tu voz se esfumara, y con ella el recuerdo.

«Sobra tela», solía responderte ,«¡y un día voy a vender toda la tela que me sobra y me haré millonaria!»

Entonces estallabas en risas, me abrazabas y le decías a quien sea que estuviese presente que cuando yo creciera me convertiría en una mujer hermosa y elegante. «¡Esta va a ser la más linda!», anunciabas.

Sospecho que en el fondo sabías, que lo leías clarito a través de mis pupilas: no me sentía suficiente. Pero de tú tanto repetir que yo sería tal o cual cosa, que a mí solo había que darme tiempo… empecé a creerme que eventualmente crecería hasta dar la talla.

Lo que no entendí hasta hace poco es el hecho de que si reconociste todas esas virtudes era porque ya estaban en mí. Era tan suficiente en aquel entonces como lo sigo siendo ahora.

Sin embargo, el tiempo es el talón de Aquiles de todos los seres mortales. Y no me dio el chance de contarte estas cosas, te aseguro que en su momento no me permitió entenderlas siquiera. Uno vive al margen del tiempo. Uno cree que tendrá la oportunidad de agradecer, de decirle al otro todas las formas en que su tacto nos ha marcado, confesarle la manera en que cualquier gesto de amor se nos anidó en el alma.

Mas sé que cuando los días pasan no consiguen llevarse todo, siempre algo nos dejan.

Después de tantos años le sigue sobrando tela a mis pantalones.
Y también le sigues faltando tanto a este corazón.

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No existe otra forma de crecer, salvo alejarse de la raíz

Es el momento de crecer sabiendo bien la raíz
y de abrazar el tallo de otra rama,
Es el momento de crecer por dentro y fuera de ti
y de entender el fuego de otra llama

(Otra forma de sentir, Pedro Guerra)

 

Me cuesta abandonarme al cambio, pero mientras permanezca rehusándome a ver el miedo a la cara no podré notar que no es tan grande como lo imagino, que lo puedo vencer de un zarpazo, que seré valiente en la medida en que siga creciendo hasta ser mayor que mis miedos.

Y crecer duele. Lo sé porque lo he sentido incontables veces, este crujir en los huesos, este tirón en el alma. Ya he aprendido que para que la mejor parte de mí nazca, otros pedacitos míos tienen que morir. Sin embargo, cada vez me entristece enterrar mis antiguas versiones, cada vez me cuesta alimentar esas partes mías que siguen siendo una niña.

No dejo de preguntarme por qué estoy obligada a agrietar el suelo que me rodea, a lastimar tanto sin quererlo, a abandonar el terreno que conozco. Y el tiempo a veces me da la respuesta, por un instante me doy cuenta que no existe otra forma de crecer, salvo alejarse de la raíz.

Crecer es también tropezar, ensuciarse los pies mientras caminas. Precisamente porque no es fácil estoy segura de que vale la pena: este andar torpe y sin gracia es con lo único que cuento para dejar mis huellas.