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Lo que nunca dije
Intentando descifrar el universo un ensayo a la vez.

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Caribeña

Se ao te conhecer, dei pra sonhar, fiz tantos desvarios
Rompi com o mundo, queimei meus navios
Me diz pra onde é que inda posso ir?

(Eu te amo — Chico Buarque)

 

Mejor ni te atrevas. Puedes jurar que es incapaz de alcanzarte, que has escapado de ese sol ardiente lacerándote la cara. También puedes, si te lo propones, secarte el sudor pegajoso de la frente. Puedes llegar allá donde el mismísimo diablo botó la chancleta, huir tan lejos como te lo permitan tus fuerzas y seguir corriendo aún más todavía.

Inténtalo si quieres, pero quedas advertido: El Caribe no te deja nunca. No le queda otro remedio, no puede. Está tan atado a tus pies como tu sombra.

Así es que no es casual que mi piel tenga sabor a mar, ni que mi pelo se quede enredado como olas en tu barba. Si mi tacto te quema como el sol del trópico, mis besos son dulces como fruta madura, mis caricias se derraman como lluvia de huracán sobre tu espalda y te miro con las pupilas llenas de atardeceres… no es culpa mía. Vengo de una isla llena de supersticiones, de historias mágicas y brujería que me persiguen adonde vaya.

El Caribe no te deja nunca.

Yo no pienso dejarte tampoco.

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La vida es linda donde sea, pero aquí me parece un poco más linda

“Those who don’t believe in magic will never find it.” 

 

La magia hay que fabricarla. Hay que exprimir partículas de aire y extraerla gota a gota. La magia hay que creerla, hay que crearla. Es escurridiza, volátil, caprichosa. Se debe estar dispuesto a cruzar océanos para hallarla y caminar con los ojos tendidos como un par de lunas llenas. Es preciso estar atento, no pasarla por alto. Una vez se encuentra hay que hacer silencio y quedarse muy, muy quieto. Acostumbrarla a nuestra presencia, evitar que corra asustada.

No sé bien qué clase de encanto he venido a buscar tan lejos, pero espero que me encuentre. Que venga a tropezar conmigo justo aquí, a miles de kilómetros de casa. A exactamente 6.508 kilómetros de un montón de cosas que todavía no extraño.

El universo es mágico sólo para quien lo mira con los ojos llenos de magia. La belleza está en esto de celebrar las pequeñas coincidencias, reírme de la distancia y dejar que nuevas experiencias sigan enredándose en los rizos de mi pelo, en los dedos redibujando el contorno de mis labios, en todas las páginas sedientas de mi historia. La magia es esto de descubrir películas, personas y canciones que me ayuden a aferrarme a la humanidad, que me sigan dando razones para no dormir, para hacer arte y luchar contra la fugacidad del tiempo.

Hace unos día un profesor nos dijo que si una película puede ser contada, no es una gran película; pero sé que el mundo real no funciona así, porque si una vida no puede ser narrada, no es una gran vida.

Y la vida es linda donde sea, pero aquí en Sevilla me parece un poco más linda.

 

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Me basta con abrir los ojos para que la realidad lo disuelva todo

She makes the sound,
the sound the sea makes to calm me down.

(Dissolve me – Alt-J)

El agua es un elemento recurrente en mis sueños. No importa el escenario, casi siempre hay grandes cuerpos de agua tranquila y clara. Es curioso, porque también cuando aparezco en los sueños de los demás el raudal me persigue. Y ahí voy con mi diluvio a cuestas, empapando madrugadas.

Para la mística de los sueños el agua significa el estado anímico de la persona, representa todo lo relativo al alma. Según Freud, simboliza el yo inconsciente, la vida. Yo sólo sé que duermo sumergida en charcos oníricos y en esa ocasión él estaba a mi lado.

Esa noche aún era de tarde. Navegaba en un océano calmado y la puesta de sol convertía al mundo en una naranja. Flotaba sobre un mar de néctar brillante y dulce. Sabía que él aparecería porque el viento salado me lo susurró al oído, aunque debí haberme dado cuenta antes porque él siempre trae fuego a mis sueños: Una vez tuvimos que correr para escapar de las llamas de un incendio, otra noche lo estreché contra mí hasta convertirlo en ceniza entre mis brazos.

Algunas veces me despierto con la sensación de haberlo soñado, como cuando alguien ya se ha levantado pero su calor permanece pegado a la cama. 

Me basta con abrir los ojos para que la realidad lo disuelva todo. Yo dejo de ser agua, él deja de ser fuego. Pero en este mundo tampoco podemos ser. Aquí también se nos deshace el amor en las manos.

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La cura para todo mal que no merezcas

Esa madera necesita un corazón que la humedezca 
Llena de polvo aguardaba en un rincón mi canción seca 
Será la cura para todo, la cura para todo mal que no merezcas. 
(Sulky – Gustavo Cerati)

 

Si te tiras de espaldas contra el mar con una cola de bacalao en cada mano y sales sin mirar atrás, te curas de la mala suerte. Al menos eso cuenta la sabiduría popular en esta isla caribeña. Si decides ir a preguntar por aquellos rincones donde la gente tiene el sol del trópico tatuado en la piel, comprobarás que es una verdad universalmente aceptada.

Siempre creí que no existía tal cosa como la casualidad, que hay un enredo de razones detrás del mínimo acontecimiento en la Tierra. La suerte me da maní. Todos los pesados libros de historia que ahora sirven de hogar para los ácaros corroboran que los grandes hitos de la humanidad no han sucedido por pura chepa. O ve y dile a Juan Pablo Duarte que él es un cheposo. Ve, y después me cuentas.

Sin embargo, tras ciertos eventos en mi vida que me han tenido al borde de agarrar la cola de bacalao más cercana, estoy empezando a entender que hay cosas que simplemente pasan. Que uno no quiere que pasen, pero pasan como quiera. Sin ningún motivo superior detrás ni nada que se le parezca. Si está pa’ ti, aunque te quites; si no está pa’ ti, aunque te pongas. Esto último también lo cuenta la sabiduría popular, no yo.

Existe otro famoso remedio para la mala fortuna, pero este sí funciona. Lo he probado con éxito el 100% de las veces:

Ajo y agua.

A joderse y aguantarse.

Aunque quizás el mejor amuleto sea la actitud. Recordar que todo pasa, conservar una mentalidad más o menos positiva y reírse de uno mismo. Estas son historias que contar. Estas son las cosas que te convierten en el alma de la fiesta, que hacen estallar carcajadas entre tus amigos, que los ayuda a reconocer que no la tienen tan mal después de todo. Y tú no la tienes tan mal tampoco.

Hay un refrán que dice que al que madruga, Dios lo ayuda. Pero nadie sabe decir a qué coño es que Dios te va a ayudar. De todas formas, estoy madrugando.

No me vendría nada mal que me tendieran una mano divina aquí.

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Diccionario ilustrado de susurros y gemidos

«Words can never fully say what we want them to say… 
The best one can hope for is to find along the way 
someone to share the path, content to walk in silence, 
for the heart communes best when it does not try to speak.»

 

Si no nos entendemos, inventemos un idioma. Adentrémonos a un terreno común en el que podamos comprendernos. Construyamos un barco de palabras no dichas y naveguemos despacio en el misterio. Declarémosle la guerra al sentido sustituyendo el amor por un caleidoscopio, las espinas por nubes y el olor por nostalgia. Robémosle la h al abecedario y usémosla como silla para el comedor.

Mandemosalcarajoelpuntolacomaylosespacios. Creemos un diccionario ilustrado de susurros y gemidos. Comuniquémonos mediante señas, como si se tratase de un juego. Hagamos un voto de silencio sabiendo que no todas las dudas se traducen en preguntas, ni un mar de respuestas sirve para calmar la sed. Tejamos una maraña de códigos absurdos, mejor callémonos la boca y descifremos nuestros gestos porque mientras mantenga mis manos donde puedas verlas, sabrás que no terminaré lastimándote.

Renunciemos a las limitaciones que impone el lenguaje, cuéntame de aquel sueño amarillo que te supo a melodía o de las ideas puntiagudas que orbitan la corteza de tu ser. Padezcamos de un profundo mutismo donde a las palabras de condolencia las aplasten los abrazos y no emitamos ni un vocablo cuando baste una mirada. Despojémonos de las mentiras y las largas retahílas, descartemos las promesas, prescindamos de expresiones como “déjame que te explique, lo que quise decirte fue…”. Huyamos de la fragilidad de las palabras hasta llegar a la tierra firme de los hechos, donde un sollozo es un sollozo, una sonrisa una sonrisa y nuestras bocas sirven para amarnos en vez de para hablar de amor.