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Lo que nunca dije
Intentando descifrar el universo un ensayo a la vez.

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24 cosas que aprendí antes de cumplir mis veinticuatro

«There are years that ask questions,
and years that answer.»
—Zora Neale Hurston

1. El universo no tiene por qué tener sentido para ti ahora. Todo lo que existe está ahí para maravillarte, no para que le atribuyas un significado. 

2. Existen cosas que no tienen explicación porque no las necesitan.

3. Basta con dar libertad a tu bestia interior de devorar cuanto le apetezca: experiencias, arte, labios, libros. Alimenta tu alma sin miedo.

4. Es preciso tener corazón y bajo ninguna circunstancia olvidarse de cómo usarlo.

5. Estoy perdida. Perdida con cojones. Pero perdida en la dirección correcta.

6. Vale más ser poesía que escribir poemas.

7. En algún momento de la vida adulta (y cuanto antes, mejor) hay que aprender a perdonar a sus padres. Ellos han hecho lo mejor que han podido con los recursos que tenían a mano. 

8. No hay nadie en el mundo que me quiera más que mi mamá y creo que nunca dejaré de necesitarla. De ella heredé un corazón compasivo, dos pies en la tierra y diez dedos en las manos que no se cansan de trabajar.

9. Deja de juzgar el camino de las demás mujeres por amor a los pelos de la barba de Jehová.  Quedar embarazada (intencional o accidentalmente) no es el fuckin’ fin del mundo. Exige un coraje extraordinario decidir ser mamá, al igual que decidir abortar porque aún no estás lista para serlo. El sueño de mis amigas de formar una familia cuanto antes es tan válido como mi sueño de experimentar el mundo y documentarlo por escrito.

10. Si tienes que llorar, llora. No importa si se trata de una noche entera, o gritos ahogados alante de la gente en el vagón del metro. Son lágrimas, no ácido muriático. Déjalas correr.

11. Solía pensar que yo era ¡oh, tan madura!  ¡oh, tan adulta! Y en verdad no. Me falta tanto, no jodas. Tanto camino delante, tantas debilidades que trabajar y versiones mejoradas de mí misma que sacar a flote.

12. Confía. Ten la seguridad de que todo lo que pasa es lo mejor que podía haber pasado.

13. No subestimes a los desconocidos. Las personas que más amas en este mundo empezaron por ser sólo unos extraños alguna vez.

14. Si crees que es gay, es gay. Y si no lo es, como sea no te quiere. Sigue con tu vida, mamita.

15. Como regla general, no creas en un hombre que no crea en las mujeres.

16. Lo que nos hace felices es compartir y no sabernos solos. Una mirada, un abrazo, que te tomen de la mano, que se rían de tus chistes… Estas son las cosas que verdaderamente importan.

17. El mejor acondicionador para desenredar el cabello rizado es la paciencia.

18. Si soy fuerte, es porque mis amigos son fuertes. Si estoy feliz, es porque mis amigos me han contagiado su alegría. Vale la pena invertir todo el tiempo que sea necesario en la construcción de relaciones hermosas y genuinas.

19. Si no consigues ser feliz en donde estás, no vas a conseguirlo en ningún lado.

20. Las relaciones amorosas que no llegan a materializarse son las más peligrosas. Cada vez que vuelvas a ver esa persona sentirás que es el amor de tu vida. Pero él no es el amor de tu vida. Pasa que has tenido más tiempo para pensar en él que para estar con él y lo tienes idealizado. A ver qué gallo canta cuando descubras a qué huelen sus peos y tengas que lidiar con sus mañas.

21. No puedes ser perfecto, pero ser bueno ¿qué te cuesta?

22. Escribo sobre las cosas que duelen porque ya hay demasiado Paulo Coelho por ahí intentando animar a los demás. Escribo sobre lo que no me atrevo a decir porque deseo que quien me lea se sienta menos solo mientras me ayuda a sanar mi propia soledad.

23. «Nadie escoge su amor, nadie el momento. Ni el sitio, ni la edad, ni la persona».

24. La persona que estás buscando está buscando a alguien como tú. Una vez la encuentres, sé valiente.

 

 

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El universo tiene la manía de sacudirse con rabia justo cuando todo está en calma

Insanity is a very tempting path for artists,
but we don’t need any more of that in the world at the moment, 
so please resist your call to insanity.
—Elizabeth Gilbert

 

Recuerdo que sucedió a principios de 2012. Estaba en el quinto sueño abrazando a las ovejas cuando me desperté al sentir que mi cama se tambaleaba. Era un temblor de tierra. De esta manera funciona el cosmos. El universo tiene la manía de sacudirse con rabia justo cuando todo está en calma. Y cuando menos te lo esperas siempre resulta ser el momento perfecto. 


Fue así como ayer me encontré sentada con las manos sobre las rodillas, hiperventilando e incapaz de localizar en mi interior algún motivo, por pequeño que fuese, para vivir.

Porque, claro, en lugar de preocuparme por las rebajas de verano, me dediqué a intentar buscarle un sentido a la vida. Yo, sentada en el salón de mi casa. Cuando Mahoma se fue a la montaña, Jesucristo al desierto y Buda a mendigar por las calles para encontrarlo.

El sentido de la vida (y sobre todo la falta de sentido de la vida) es una cuestión que me sobrepasa en tamaño y fuerzas. Ninguna resolución que mi cabeza consigue generar me satisface. Las cosas que la gente se dice a sí misma para sentirse mejor, a mí me saben a mierda. Porque estoy consciente de que nadie es imprescindible en la vida de nadie y porque el mundo va a seguir girando yo publique o no mis libros, yo alcance o no mis insignificantes sueños. Esa es una verdad innegable, y su peso me cayó tan fuerte que por más que respiraba, el aire no encontraba el camino hacia mis pulmones.

El suelo tiende a desvanecerse cuando crees que has llegado a tierra firme. Justo el día en que alguien me dijo «estoy enamorada de tu vida», me vi de pie frente al umbral de algún tipo de desequilibrio mental. Pero no me pienso dejar joder. Cerré esa puerta y estoy corriendo con todas mis fuerzas en dirección contraria.

Si repites una y otra vez la misma palabra, ésta pierde todo su significado. Llega un momento en el que sólo escuchas un ruido extraño carente de sentido. A lo mejor sucede lo mismo con nuestra existencia y de tanto intentar encontrarle un propósito, el propósito se nos escapa. Se convierte en una sustancia amorfa y vulgar.

Anoche también me pasó algo curioso. Una desconocida me envió un mensaje por error, confundiendo mi número con el de una amiga. Era un párrafo en el que, entre otras cosas, le pedía que orara por alguien. Le contesté que se había equivocado de contacto, pero que de todos modos tendría pendiente a esa persona en mis oraciones. Cuando me agradeció el gesto, me sorprendí a mí misma diciéndole: «si no estamos en el mundo para ayudar a los demás, no sé para qué estamos».

Y aquí estoy. En el mundo. En el mismo que habitan los conejos, los perritos y el agua salada de los océanos. El que mueve el amor y donde, para bien o para mal, nos necesitamos los unos a los otros.

El mundo que me llena de preguntas sin ofrecerme la más mínima respuesta.

Pero mientras siga sonando la música, hay que bailar.

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Un lugar tan silencioso que hace que te zumben los oídos

Creo que pocas personas de mi edad tienen la suerte (o la desgracia, según sea el caso) de saber lo que estaban pensando el 6 de junio de 1999. Yo sí.

Encima de mi armario conservo varios cuadernos de cuando era pequeña. Están llenos de poemas. Escritos con letras torcidas, con tinta naranja y con mucha, mucha rabia. Leer alguno de ellos es acariciar la colección de cicatrices que llevo en las rodillas.

Hace unos días Ana me preguntó sobre el proceso que tuve que atravesar en la vida antes de decidir que quería dedicarme a escribir. Pero la cuestión es que yo nunca lo elegí.

Escribo porque no tengo otra opción. Nunca me la dieron y, honestamente, jamás la quise.

Para mí este siempre ha sido el camino fácil.

Y sin embargo, escribir ha sido el camino más difícil.

Si seis años atrás alguien me hubiera dicho que me iba a mudar al otro lado del mundo con la intención de convertirme en guionista, no le hubiese creído; pero al mismo tiempo hubiese estado convencida de que me decía la verdad. Porque no importa dónde pise, este camino siempre encuentra la manera de llegar hasta mis pies.

La aceptación es un lugar tan silencioso que hace que te zumben los oídos. El año pasado acepté que no tenía que elegir entre la publicidad y la literatura, que una cosa no excluía a la otra. Reconocí que quería dedicarme a escribir historias aunque nunca llegue a vivir de ellas, y como si el universo estuviera de fiesta, empezaron a abrirse ante mí todas las puertas: el máster en guión y narrativa, el curso de creación literaria, la escritura creativa.

A mí también me inunda la incertidumbre, pero escribir es precisamente esto de sentarme a contar lo que es el mundo, aunque todavía no lo sepa.

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Imagínate lo mismo de siempre

In a haze, a stormy haze 
I’ll be round,  I’ll be loving you 
Always, always 

(Parachutes – Coldplay)

 

Imagínate que llovía.

No a cántaros, sino una llovizna suave. De esas que el viento arrastra hasta tu cara para hacerte cosquillas.

Entre las gotas de lluvia, yo. Caminando despacio, con las manos bien metidas en los bolsillos del abrigo, sintiendo su mirada acariciándome la espalda y envuelta en la comodidad de una despedida que ya anunciaba que nos volveríamos a ver.

Figúrate que aun así, la soledad. La grieta insondable, el eterno paréntesis abriendo una nada en mi pecho. El vacío de toda la vida, ese espacio que ni siquiera la poesía puede llenar.

Imagínate lo mismo de siempre:

Mientras afuera llovía, mi corazón moría de sed.


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Sobre escribir y otras perversiones

There is nothing to writing. 
All you do is sit down at a typewriter and bleed.
— Ernest Hemingway

 

En ocasiones escribir se me hace fácil. Sólo es cuestión de detenerme y prestarle atención a las musas, escucharlas zumbarme al oído, intentar mover los dedos a la velocidad de sus voces e ir atrapándolas como moscas. Las palabras se derriten despacito sobre mi lengua, me dejan un regusto agradable, son una verdadera delicia, un postre.

Otras veces el proceso de escribir me resulta insoportable. Mis manos son incapaces de moverse, como si un yunque colgara de cada una de las puntas de mis dedos. Las musas chillan atormentadas y las malditas palabras se atropellan unas contra otras ahogándome en un mar de tinta. Todas las letras del abecedario empiezan a afilar sus bordes perforando mi piel sin clemencia: La t comienza a jugar a las espadas, la X se cierra sobre su eje para tijeretear.

Hay días en que esto de escribir es un auténtico infierno, pero a mí me gusta arder. Me encanta danzar entre las llamas.